David y el punto cubano

Por medio de un entorno sonoro mucho más recogido, pero marcado por su apasionada ascendencia roquera, el cantante logra que cada frase, que cada palabra de esta letra tan cara para los fundamentos identitarios, sea escuchada como el indetenible fluir por nuestras venas de un sublimado amor a Cuba

David Blanco
Foto: tomada de davidblacocuba.com

Siempre he creído que para hacer la versión de un tema musical exitoso, hay que asumir dicho original con el mismo nivel de respeto que le otorgó su autor. De todos modos, siempre hay músicos que consideran esta posibilidad como un divertimento coyuntural, aunque en realidad con esa actitud demuestran que por no poder trascender, de algún modo necesitan ocultar sus limitaciones profesionales. Por suerte, hay otros que son capaces de evocar una versión con la misma dedicación con que tratan a una pieza de su propia inspiración.

En el reciente disco Martí en Amaury, elogiada entrega de Amaury Pérez por la personal aproximación de sus 11 temas musicalizados con versos del Apóstol a cargo de diferentes intérpretes, el Rosario, por David Blanco es una señal que nos reclama su atención. Es tal el compromiso emotivo del popular vocalista con las esencias de este poema cantado, que sencillamente se ha apropiado de su aurora. Pero donde David Blanco nos ha dejado la prueba fehaciente de que una versión puede llegar a impactar intensamente, es en su propuesta de Yo soy el punto cubano.

Nada más que para atreverse a reinterpretar el contexto de una de las piezas más conocidas no solo del repertorio de Celina González, sino de entre la música cubana en su conjunto, hay que estar muy seguro de cómo hacernos llegar una lectura diferente sin dejar de ser la misma obra. Si con ese imprescindible componente de su legado a la nación, Celina nos grabó en el corazón la alegría del campo cubano, David ha revitalizado el clásico al conservar esa festividad, pero no extrovertida, sino ennoblecida por un solemne orgullo patrio, dirigido hacia nuestro interior profundo, a modo de una implosión espiritual cargada de símbolos emblemáticos.

Por medio de un entorno sonoro mucho más recogido, pero marcado por su apasionada ascendencia roquera, el cantante logra que cada frase, que cada palabra de esta letra tan cara para los fundamentos identitarios, sea escuchada como el indetenible fluir por nuestras venas de un sublimado amor a Cuba, empeño que con el estelar video clip de Alejandro Pérez, no se extrañe si usted termina visiblemente conmovido. Eso quiere decir, que con este magnífico resultado artístico, se han aportado sólidos argumentos para disfrutar con mayor asiduidad de nuevas versiones a los clásicos, pero concebidas desde el rango de calidad aquí alcanzado por David Blanco, no menor.

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