De la Isla, escuchar el sonido

Se cumplen 150 años del asesinato de Perucho Figueredo , el abogado y conspirador que supo ver y remover con sus versos el espíritu arrojado de las mujeres y hombres en la Isla; entendió su necesidad de epopeyas, la sed de lo épico, de sentir a la Patria contemplarlos orgullosa

Cementerio Santa Ifigenia en Santiago de Cuba. Monumento a Perucho Figueredo
Monumento a Perucho Figueredo en el cementerio Santa Ifigenia. Foto: PL

«Que morir por la Patria es vivir», tal vez repitió para sí Perucho en los instantes terribles y solitarios ante el pelotón de fusilamiento. Es imposible saber con certeza si la melodía y sus propios versos le sirvieron de consuelo, pero no hay dudas de que 150 años después imaginamos con la música de La Bayamesa, aquel episodio en que fue destruido el para entonces endeble y ulcerado cuerpo del patriota-poeta.

No hay episodio triste o bañado en gloria que ataña al alma de la nación, donde no se nos deslicen al oído, sin necesidad de escucharlas realmente, las notas del que es hoy Himno Nacional de Cuba.

Sucede no por fuerza de la costumbre, ni por decreto; la sensación viene de los orígenes mismos de ese himno de guerra creado por Pedro Felipe Figueredo, un hombre que sabía indisolublemente ligados los caminos de la cultura y de la Patria, que no compuso una mera pieza para caldear los ánimos independentistas, sino un verdadero canto revolucionario; el que debía, por ello, estar a la altura de su sensibilidad artística.

«Amar a su patria es deponerse a toda hora ante ella», escribió Martí, Perucho era de esa estirpe. La Bayamesa nació con un valor inestimable del arte, la sinceridad: su autor no temió a la muerte gloriosa, tuvo el valor tremendo de quemar junto a Bayamo, sus pianos y papeles; fue mambí convencido en los tiempos de plazas, vítores y cabalgaduras, y también en los de manigua harapienta, hambre y disensos. Fiel fue a sus ideales y a quienes los inspiraron.

El abogado y conspirador supo ver y remover con sus versos el espíritu arrojado de las mujeres y hombres en la Isla; entendió su necesidad de epopeyas, la sed de lo épico, de sentir a la Patria contemplarlos orgullosa.

No ha quedado, por eso, obsoleto el grito de ¡A las armas!; perdura como alerta y convocatoria ante los cantos oscuros que invitan a vivir sumidos en afrenta y oprobio; que es, siempre, permanecer en cadenas.

Parece en estos tiempos convulsos, escucharse el clarín muchas veces, su sonido habla aún y con el eco de lo eterno, de bondad, honradez y valentía.

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