Entrar en el mundo del Principito

Publicado dentro del apartado de literatura infantil –uno de los más traducidos y leídos de los libros escritos en francés– no está escrito para los niños, aunque ciertos pasajes puedan atrapar, como de hecho sucede, a algunos pequeños

el principito
Foto: Madeleine Sautié Rodríguez

Era aún adolescente cuando leí en una entrevista al escritor y diplomático cubano Gustavo Eguren que para él el mundo se dividía entre los que conocían al principito y los que no sabían de su existencia.

Como quien se arrima a lo prohibido, y tentada por el misterio que me provocaron aquellas palabras, quise dejar de pertenecer al segundo grupo definido por el autor, y emprendí la lectura. Para conectar con él bastaron aquellas líneas que conforman una de las dedicatorias más sugestivas de la historia literaria, la que empieza pidiendo perdón a los niños por haber dedicado el libro (El principito, de Antoine de Saint Exupéry) a un adulto, y corrige magistralmente al decir: «A León Werth cuando era niño».

El lenguaje sencillo no nos hace suponer desde el inicio las profundas controversias filosóficas que pronto aparecerán, y reclaman del lector mucho más que comprender lo que se cuenta. Pronto nos preguntamos si habríamos visto en el dibujo que nos muestra el narrador un sombrero o una serpiente boa que digiere un elefante.

A partir de ese momento, quien lee sabe que para quedarse en esas páginas y llegar al final teniendo real dominio de su propósito, deberá asumir una postura activa, porque detrás de cada diálogo, descripción o juicio, habrá que tomar partido.

Un aviador, cuya nave se ha averiado en el desierto del Sahara, encuentra a un muchachito que lo bombardea a preguntas y que llega de un planeta del tamaño de una casa, probablemente del asteroide B612.

Desde entonces, se suscitan intercambios que entroncarán al aviador con el principito, y tanto en ellos, como en los intervalos narrativos, habrá una invitación a examinar la conciencia, desde una mirada escrutiñadora que pone el lente sobre los vicios humanos, fogueados mayormente en la adultez, toda vez que el ser que los padece pareciera renunciar a la pureza de los años pueriles, donde lejos de los extravíos que llegan después, adquieren valor las cosas realmente importantes.

Publicado dentro del apartado de literatura infantil –uno de los más traducidos y leídos de los libros escritos en francés– no está escrito para los niños, aunque ciertos pasajes puedan atrapar, como de hecho sucede, a algunos pequeños. Si bien el formato de sus ediciones adopta una apariencia seductora respecto a este público, y viene por naturaleza propia, acompañado de imágenes, además de ser protagonizado por un chiquillo, lo cierto es que el mensaje de Exupéry es un dardo a las conductas de las personas mayores, responsables de formar en los valores realmente esenciales a aquellos seres que de ellos descienden. 

Entre los pasajes más significativos suele citarse el del encuentro del principito con la zorra, donde se esbozan los vínculos afectivos, capaces de crear «ligaduras» y desde donde se desprende la más célebre de las enseñanzas ofrecidas por el texto, puesto en palabras de la zorra: «Oye mi secreto. Es muy simple: solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos»; sin embargo, El principito es mucho más que esa sabia sentencia.

Una mirada lanzada con denuedo a la prepotencia, la vanidad, la avaricia, la superficialidad y la banalidad, sostenida fundamentalmente por personajes que serpentean el relato, y contrastada con la fortaleza de la espiritualidad diáfana y jamás ingenua –aunque pudiera parecerlo– del principito, se esgrime, censora del mundo de las primeras décadas del siglo xx, contentivo de vergüenzas que hoy en lugar de mitigarse se exacerban. 

Muchos pasajes podrían ilustrar las agudezas en que se detiene el autor, como la autocracia del rey que a la pregunta del principito responde que él ejerce su poder sobre todo, «su planeta, los otros planetas y las estrellas» y lo deja pensando en que, de tener un poder semejante, «hubiese podido asistir en el mismo día, a doscientas puestas de sol, sin tener necesidad de arrastrar su silla».

Consciente de que los hombres en la tierra «cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín… y no encuentran lo que buscan», lo cual podrían hallar «en una sola rosa o en un poco de agua», el principito regresa a su planeta, dejando en su amigo el aviador, la esperanza del regreso.

Busquemos todos –los que sabemos del pequeño príncipe y los que aún lo desconocen– el mensaje siempre nuevo y cada vez más necesario que quiso enviarnos un hombre que nació hace 120 años y parece asomarse al mundo de estos días.  Guiemos de su mano a nuestros niños, para que no pierdan el orgullo de la candidez, incluso cuando hayan crecido. De hacerlo, habremos cumplido con uno de los más extraordinarios encargos de la literatura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *