Por métodos confiables se ha podido datar en Cuba la aparición de nuevos grupos humanos entre 3500 y 3000 años antes del presente (ap). Exámenes de radiocarbono practicados a los famosos restos óseos de la Gruta del Purial, los sitúan en Sancti Spíritus con una antigüedad de 3060 ± 170 ap. (Rangel Rivero 2003), y se considera que subsistieron en el área hasta el siglo XVI.
Conocidos por la historiografía arqueológica como Guanahatabeyes, Ciboneyes, Mesolíticos Temprano y Medio y Pre-agroalfareros. Estos Apropiadores Pretribales del Período Medio, se asentaron en áreas cercanas a Banao y las proximidades de Sancti Spíritus. Solo cuatro sitios se encuentran parcial o totalmente protegidos por cuevas o abrigos rocosos, por lo que es de presumir para la gran mayoría, el empleo de algún tipo de vivienda o refugio artificial.
Dependían de los recursos subsistenciales propios de una sociedad con economía inestable, sin excedentes de producción, aunque el desarrollo de nuevas habilidades se hace evidente en la diversificación de los artefactos y la técnica aplicada a su elaboración, que iban teniendo implicaciones de orden social.
Practicaron la recolección de moluscos fluviales, terrestres, litorales y marinos, en la medida que el medio y los recursos disponibles lo permitieran, con énfasis en las ventajas del manglar debido a su productividad y fácil acceso. Fueron expertos en la captura de crustáceos y quelonios los residuarios estudiados demuestran que realizaban importantes incursiones costeras con este fin. La pesca complementó sus necesidades nutricionales, en esta faena utilizaron arpones y algún tipo de red que hacían hundir mediante sumergidores de piedra, frecuentes en sus residuarios.
La obtención de alimentos en el territorio comunal se extendió al matorral y los bosques, pródigos en frutos tropicales y semillas de almendras comestibles. Estos ecosistemas proveían al aborigen de abundantes recursos para la caza menor de jutías, iguanas, culebras, majaes y aves de distintas especies.
 Los principales insumos en el proceso productivo de herramientas fueron los minerales y rocas, desde las más duras y tenaces a las menos resistentes. El uso directo de guijarros naturales resolvían las tareas de percutir y majar sobre morteros y lajas molederas. Las funciones de estos instrumentos pudieron estar relacionadas con la maceración de carnes muy duras antes de cocinarlas al fuego, triturar productos vegetales o preparar colorantes por pulverización de minerales tintóreos como limonita, hematita, pirolusita o el simple carbón vegetal. Con ellos obtenían colores amarillo-ocre, rojo o negro. 
Elaboraron otras materias primas además del sílex, con lo que buscaban no solo la diversificación de las herramientas conocidas, sino la perfección de sus artefactos. Surge una tradición caracterizada por la creación de artefactos líticos simétricos, con determinado pulimento, se distinguen en este ajuar los majadores o manos de morteros de variadas formas. Con carácter ritual crearon anillos, dagas, discos y perfectas bolas de piedra o esferolitas.
Elaboraron un rico ajuar a partir de la concha de los grandes moluscos marinos, de sus partes resultaron las típicas gubias, que enmangadas como una azuela les permitió trabajar la madera, platos y vasijas de diversos tamaños, hachas, martillos, leznas, cuchillos, puntas y picos. Así, todo el caracol era aprovechado, desde el molusco como primera intención de uso alimenticio hasta la última porción de su envoltura pétrea. (Ver fig.1. Artefactos elaborados en conchas de moluscos marinos característicos de esta cultura. Sitio arqueológico La Luisa.)
Debieron andar desnudos a pesar de lo agreste del monte o las temporadas invernales. Elaboraron cuentas para collares con vértebras de peces, piedras y conchas perforadas hábilmente para su uso en calidad de ornamentos.
Queda implícito en lo expresado el uso del fuego. Las áreas destinadas a fogones en sus residuarios, manifiestas en acumulación de cenizas, restos de carbón y alimentos calcinados así lo demuestran. El empleo del fuego no dependía de la casualidad, dominaban la técnica para producirlo friccionando una varilla de madera sobre otro leño o posiblemente, utilizaron unas pequeñas lajas que aparecen en Banao con orificios semiesféricos muy a propósito para este fin.
La organización social propia de las comunidades primitivas, se distinguió por el pobre desarrollo de las fuerzas productivas, “no pudieron organizarse en familias, tal y como lo entendemos modernamente. La sociedad […] debió sustentarse en un núcleo económico, fundamentalmente, de carácter gentilicio (Tabío y E. Rey, 1966). Formado por pequeñas comunidades unidas por lazos de consanguinidad, constituidas por pocas familias cada una, como célula productiva fundamental de propiedad colectiva y en la que las estructuras sociales aún eran relativamente simples” (Guarch Delmonte, 1986).
El hombre en este nivel de desarrollo atribuía vida anímica y poderes a los elementos de la naturaleza; creía en la existencia de espíritus que animaban las cosas, desde los objetos utilitarios hasta las piedras, plantas, animales, sol, luna, río, en fin todo; incluyéndose él después de muerto. El respeto por lo desconocido e inexplicable fue objeto de adoración, se manifiesta en el culto concerniente a los procesos naturales y con el propio accionar del hombre.
El acto de sepultar a sus muertos era consciente. No tenían una orientación específica para los entierros primarios —en posición fetal o extendido—, lo cual nos indica simples procedimientos primitivos de inhumación, además de una segunda manipulación de los restos óseos, en especial, del cráneo y los huesos largos que, constituían un tipo de entierro secundario con aparentes características de culto a los muertos, que podía ser individual o colectivo. En algunos casos tienen por ofrendas bolas de piedras.
Los trazos de los petroglifos ubicados sobre una estalagmita que domina la entrada de la Solapa del Maíz, en el sitio arqueológico El Garrote, pudieran asociarse a estos individuos como posibles manifestaciones artísticas vinculadas con el culto a los muertos. Similar habilidad se advierte en un ídolo de madera reportado por Montané (Marcos García, 1888). Otras demostraciones del arte están dadas en las cuentas para collares o las decoraciones corporales utilizando preparados tintóreos. El hombre que nos ocupa, tras una herencia milenaria de conocimientos, podía expresar sus sentimientos en forma de arte muy primitiva, pero consciente y formadora de una identidad.
Bibliografía
García Castro, Marcos. «Expedición científica del Dr. Montané.» El Espirituano, 7 de julio de 1888: 2.
Olmo Jas, Luís A. Sancti Spíritus arqueológico, historia precolombina. Sancti Spíritus: Luminaria, 2014.
Rangel Rivero, Armando. «El Museo Montané.» Catauro. Nº. 8, 2003: 20.
Tabío Palma, Ernesto y Estrella Rey. Prehistoria de Cuba. La Habana: Ed. Ciencias Sociales, 1966.