La Edad de Oro en el ideario martiano

La Edad de Oro no puede verse ajena al gran proyecto martiano de la segunda independencia de nuestra América, sino como un eslabón más: la preparación de los hombres y mujeres del porvenir

En 1889 José Martí lleva a cabo en Nueva York otro de sus grandes proyectos para los países hispanoamericanos: la fundación de La Edad de Oro, singular revista en lengua española destinada a los niños y las niñas de la región. Quería Martí que con cada número los niños aprendiesen sin fatiga lo valioso del pasado y lo contemporáneo, los estimulasen a emplear «sus facultades mentales y físicas, a amar el sentimiento más que lo sentimental, a reemplazar la poesía enfermiza y retórica, con aquella otra sana y útil que nace del conocimiento del mundo; a estudiar de preferencia las leyes».

Sin embargo, el esfuerzo queda trunco; solo ven la luz cuatro números (julio, agosto, septiembre y octubre). Quienes la financian deciden detener tan elevado emprendimiento educativo y artístico. Temerosos, ven que la revista se aparta de las normas fácticas e ideológicas exigidas entonces por el poder para la enseñanza de los infantes.

Y no les falta razón. Con una actitud medrosa, intuyen los fines de Martí. En efecto, tal como nuestro propio Apóstol se encarga de describir, La Edad de Oro persigue preparar a la niñez para la vida, cultivar su saber. Conoce bien que el hombre y la mujer del futuro no pueden formarse como árboles canijos, según la enseñanza en boga de la época.

Es esta una etapa intensa en la vida de Martí; por doquier disemina sus doctrinas sobre educación, la unidad de nuestra América y, de modo especial, en torno al enemigo mayor que desde el norte nos acecha. Su filosofía es de una solidez incomparable y abarca todas las esferas de la vida. Lo hemos dicho más de una vez, ¿cómo podía nuestro Héroe Nacional formular, en medio de tantas tareas y vicisitudes, un proyecto como el de hacer una revista para los niños de Hispanoamérica? Y hacerlo tomando en cuenta los más mínimos detalles. Solo se explica si pensamos que esas ideas estaban ya contenidas en Ismaelillo, el poemario que en 1882 dedica a su hijo. O aun antes: en la obra teatral Abdala (1869).

Más allá de los apremios económicos reales, no quería Martí que nada se escapase a la armonía de sus ideas; por ello impresiona la fecundidad de su labor. Atiende todos los pormenores, inclusive las ilustraciones. Crea relatos, poemas (Los dos príncipes, Los zapaticos de rosa), resume obras literarias, forja historias (La historia del hombre contada por sus casas), traduce textos del inglés y del francés y les imprime su marca, da cuenta de los últimos adelantos de la ciencia y la técnica (es el año de la Exposición de París). Con toda intención, los héroes de nuestra independencia abren el primer número y, algo más, nos entrega un ensayo de inestimable valor acerca de las culturas prehispánicas, estudios que aún no habían cobrado tanta fuerza en América. O el de una civilización tan lejana como la de los vietnamitas.

Todos los textos llevan la impronta de la eticidad martiana, esto lo confirma la cuidadosa selección de los materiales. Así, celebra la trascendencia de Bolívar, Hidalgo y San Martín, no ignora sus errores, pero enseña que sus virtudes resplandecen más. En La Ilíada, de Homero, sobresale el ingenio del crítico cuando al referirse a la autoría del poema destaca que no parece «que pueda haber trabajo de muchos en un poema donde no cambia el modo de hablar, ni el de pensar, ni el de hacer los versos». De los aborígenes prehispánicos, nos dice: «Todo lo suyo es interesante, atrevido, nuevo. Fue una raza artística, inteligente y limpia».

De este modo, La Edad de Oro no puede verse ajena al gran proyecto martiano de la segunda independencia de nuestra América, sino como un eslabón más: la preparación de los hombres y mujeres del porvenir.

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