¿Racismo en la música cubana?

La historia musical cubana está marcada por un profundo mestizaje desde la concepción de la propia nacionalidad, en profunda comunión con la guerra contra la metrópoli española. El nacimiento de ese sentido nacionalista e independentista es precisamente anticolonialista y, por transitividad y principios políticos, antirracista

Portada del disco  de Chucho Valdés - Tribute to Irakere
Portada del disco Foto: Granma

Desde hace un tiempo se habla de racismo en diversos espacios de crítica y posicionamiento musical. Y para contextualizarlo se usa, de manera exacta, el periodo histórico iniciado en 1959.

La historia musical cubana está marcada por un profundo mestizaje desde la concepción de la propia nacionalidad, en profunda comunión con la guerra contra la metrópoli española. El nacimiento de ese sentido nacionalista e independentista es precisamente anticolonialista y, por transitividad y principios políticos, antirracista. ¿Se imaginan tildar de racista a una Revolución que tuvo como basamento político la abolición de la esclavitud? Reconocer la simbiosis de la cultura cubana con ideales libertadores, inclusive antes de 1868, es quizá el acontecimiento cultural más importante en la forja del pensamiento de grandes cubanos, donde evidentemente el referente de José Martí sigue siendo el faro obligatorio en todo sentido.

Ahora bien, si mencionamos nombres que son cimientos de nuestra música, notaremos que no hay espacio para el racismo, y mucho menos para intentar fracturar desde la mirada actual –como se intenta cada día– el sólido maridaje de diversas expresiones musicales. Sobresalen dos nombres anteriores al siglo XX en cuanto a la ejecución y composición musical académica: White y Brindis de Salas, pero sumémosles en planos más populares, a Pepe Sánchez, Miguel Faílde y la gran avalancha que consolidarían Sindo, Matamoros, Siro y todos los que fueron iluminando el naciente siglo xx.

Sobresalen Anacaona, María Teresa Vera, Guillermina Aramburu, Celia Cruz, Enriqueta Almanza, Isolina Carrillo, Ángel Díaz, el movimiento del feeling, Aida Diestro y su Cuarteto, Beny Moré, Compay Segundo, Lorenzo, Reynaldo y Caridad Hierrezuelo, Joseíto Fernández y muchos otros, lo que habla de un marcado mestizaje de nuestra música.

A todo ese cromatismo musical hay que añadirle que, con el triunfo de 1959, se abrieron al fin las puertas que brindaron lo faltante en casi todos los casos: el acceso al estudio y al reconocimiento social. Con la joven Revolución se gestaron y nuclearon otras realidades que condujeron al pleno goce de sectores antes discriminados, no solo por el color de su piel, sino por la fragilidad de sus bolsillos. ¿Cómo sentenciar de racista al proceso iniciado en 1959 si ya podían estar en una misma aula los hijos de un obrero portuario, un dirigente o un médico?

La creación de las escuelas de Arte fue el mejor ejemplo antirracista que nuestra música ha experimentado. Y si de racismo hablamos en la Revolución, no hubieran integrado la Orquesta Cubana de Música Moderna en 1967 Paquito D´Rivera, Oscar Valdés, Chucho Valdés y posiblemente Irakere no hubiera existido. O tal vez Pedrito Calvo, Mayito el Flaco, Pedrito Fajardo o Mayito Rivera hubieran sido expulsados de Van Van por el color de su piel. Es claramente risible imaginarse al racismo como política o directriz en nuestra música, bastaría con recorrer el abanico musical cubano actual para entender que afirmarlo es seguir como canes amaestrados las doctrinas de Fausto.

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